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A. C. Grayling

La era del ingenio

18.05.2017
Todo periodo de la Historia merecedor de tal denominación ha sido, de un modo u otro, un periodo de cambio. Se podría argumentar que unos han sido más dramáticos que otros, estos más decisivos que aquellos. Pero pocos más concluyentes que el siglo en el que nos acostamos medievales y nos despertamos modernos. Para el inglés A. C. Grayling, el XVII fue, de hecho, la llave en la cerradura que abrió la puerta al universo que hasta ahora reconocemos como nuestro.

Entre cierta corriente de historiadores actuales se ha impuesto la idea de que la historia moderna no ha acontecido tanto en torno a grandes hitos de progreso (Renacimiento, Reforma o Ilustración) sino, más bien, en torno a múltiples movimientos plurales que han ido produciendo cambios a pequeña escala, pero de una manera inconexa y complejamente ramificada que solo adquieren sentido histórico en una visión a posteriori. Grayling no está entre ellos. Ortodoxo, se alinea con su compatriota Anthony Pagden (La Ilustración y por qué sigue siendo importante para nosotros) en la defensa de que, precisamente, la Ilustración fue el gran proyecto del hombre moderno, y que supuso el nacimiento de una manera de entender el mundo aún vigente.

Si Pagden arrancaba en el XVIII, Grayling retrocede un siglo hasta la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que devastaría Europa Central, pero que provocó la innovación en el pensamiento y la creatividad cultural en su sentido más amplio. A partir de entonces aparecen algunos de los pensadores claves de la Ilustración temprana: Newton, Bacon, Kepler, Hobbes, Pascal, Descartes o Locke. Y no trabajando de una manera autónoma, sino fértilmente conectados en un cruce de ideas que resultó clave.

Los cambios acontecidos fueron de tal calado y profundidad que Grayling se atreve a sostener, incluso, que las regiones más dañadas por la desigualdad y la injusticia hoy en día son, precisamente, aquellas donde se conserva una mentalidad anterior al XVII, incluyendo el fundamentalismo religioso. Tampoco titubea en afirmar que, después de todo, fue Occidente la que triunfó, y que su forma de pensar “impulsa casi todo lo importante que ocurre en nuestro mundo”. Con ese espíritu osado, una prosa aguda y oportunas pinceladas impresionistas, Grayling sostiene que, a pesar de tratarse de un periodo profundamente convulso en lo político y lo social, fue posible una notable revolución intelectual. El resultado de esta fue la mente «europea», es decir, moderna, que ya es decir, purgada de magia y repleta de ciencia, aunque aún salpicada de espigados pensamientos newtonianos: alquimia, astrología o numerología.

Es probable que grandilocuencias poco libres de sospecha, como el «gran hombre», y, en general, la confianza en la existencia de mentalidades colectivas, sea una ficción reconfortante, al igual que ocurre con el nacionalismo, al operar como comunidades imaginadas que se fundamentan más en la retórica que en componentes empíricos. Del mismo modo, estudiar las mejores mentes de una época no es estudiar una época, sino sus epítomes, apenas una abreviación. Y, sin embargo, el paso del tiempo demuestra que ideas aparentemente contradictorias circulan con relativa alegría, incluso de manera rentable, mucho más a menudo de lo que racionalistas como Grayling pudieran admitir. Pese a la confianza del autor en sí mismo, y la fuerza, por momentos, del libro, desplaza algunos de los ejes acordados acerca de la época. El alumbramiento de estos hombres y mujeres no estuvo basada en la certeza, pues supondría abrazar el viejo dogma, sino en la esperanza, donde los métodos utilizados fueron la hipótesis, la observación, el experimento y el debate, y solo así se logró dar un paso tan definitivo en el intento de vislumbrar los eternos misterios de la existencia.

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