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Blut und Boden, una historia negra y sangrienta

Tierra Negra de Timoty Snyder


“La palabra “Auschwitz” se ha convertido en la representación del Holocausto en su conjunto, aunque, para cuando Auschwitz se convirtió en el principal campo de exterminio, mucho más al este la mayoría de los judíos ya habían sido asesinados. Y mientras Auschwitz se recuerda, la mayor parte del Holocausto ha caído en el olvido. Después de la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz fue un símbolo relativamente útil para Alemania pues reducía de forma significativa el alcance exacto del mal causado”. Tmitoy Snyder (p. 240)

Tierra Negra no nos ofrece una visión panorámica del Holocausto, de sus causas o su alcance, sino más bien la exposición de una serie de tesis que cuestionan algunas de las ideas comúnmente aceptadas sobre el genocidio de los judíos; sobretodo nos invitan a preguntarnos si acaso hoy hemos extraído todas las lecciones y hemos comprendido lo suficiente como para estar seguros de que sabremos anticiparnos y que en el futuro podremos evitar que una tragedia así vuelva ocurrir. El lector puede seguir con atención los argumentos muy convincentes del autor gracias a la abundante información que le proporciona y a una perspectiva que sitúa el foco sobre el escenario de la Europa Oriental; en buena medida, estos argumentos son prolongación de su libro anterior, Tierras de sangre, centrado en la catástrofe sufrida por esta región de Europa en la que chocaron los dos dictadores más sanguinarios del Siglo XX, Hitler y Stalin. No obstante, el lector puede sentirse por lo menos desconcertado cuando, en el último capítulo, el autor expone su conclusión final. Tal vez nos convenga separar esta última de las muy poderosas y acertadas ideas que previamente desarrolla. Aun cuando son muchas y complejas, podrían sintetizarse así:

  1. Sabido es que en el centro de las ideas nazis se situaba su concepción de la raza; entender la historia humana como una historia de la lucha por la supremacía racial era, para Hitler, la manera “científica” de apreciar al hombre en su verdadera naturaleza; el Estado, las instituciones, las leyes, la conciencia moral eran para él distorsiones espurias, fruto de la perniciosa influencia de los judíos, que obstaculizaban la principal acción verdaderamente acorde con los principios naturales: el despliegue de la superioridad racial aria. Blut und Boden, sangre y suelo, sobre este binomio trágico convertido en doctrina seudoreligiosa emprenderían los nazis la ocupación de Europa del Este, un territorio considerado por ellos tan “vacío” como lo estaban las praderas del Oeste norteamericano en el siglo anterior, ocupado de manera ilegítima por seres racialmente inferiores, los eslavos, a los que podían esclavizar o exterminar sin más, con las mismas razones con las los blancos justificaron el exterminio de los indios norteamericanos. Cuando en junio de 1941 comenzó la Operación Barbarroja, los nazis tuvieron la oportunidad de concretar su utopía: en Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorusia y Ucrania, la derrota y retirada del ejército soviético les permitió controlar unas sociedades en las que ninguna institución se mantuvo en pie, un momento de anarquía absoluta en el que pudieron entregarse sin moderación ni cortapisa alguna a la expropiación, el asesinato y el exterminio.

    2. Los judíos, para Hitler, no entraban siquiera en la disputa entre las razas; ubicuos y globales, no estando vinculados a ningún territorio, eran, más que una raza, una “anti-raza”, un desafío a las propias leyes de la naturaleza. El exterminio de los judíos comenzó ya desde 1939, con la destrucción de Polonia y alcanzó su plenitud tras la invasión de la Unión Soviética, cuando los Einsatzgruppen, apoyados por colaboradores locales, comenzaron de forma sistemática a reunir y fusilar a los judíos que vivían en los territorios ocupados por la Wehrmacht; antes de finalizar 1941, ya habían asesinado a más de un millón de personas. Según demuestra Snyder, los escenarios donde  verdaderamente se gestó el Holocausto no fueron tanto los campos de concentración y exterminio como las zonas de retaguardia detrás del avance militar hacia el Este; primero con las fusilamientos en masa, que desde muy pronto incluyeron ancianos, mujeres y niños, luego con el uso de camiones en movimiento para asesinar con el gas de los motores a sus pasajeros y más tarde con la construcción de los primeros campos de exterminio -Belzec, Sobibor y Treblinka-, soluciones más o menos improvisadas con las que se intentó acelerar los asesinatos masivos.

    3. Snyder demuestra que allí donde los aparatos de Estado –los gobiernos municipales, los policías locales, el cuerpo de funcionarios, etc.- se desintegraron completamente, los judíos fueron exterminados casi en su totalidad. Las posibilidades de sobrevivir para un judío fueron mucho mayores en Dinamarca, Bélgica, Francia o la propia Alemania que en cualquier país báltico, donde casi ninguno logró escapar. Los restos de los estados ocupados, la burocracia con su legalidad, sus pasaportes, sus procedimientos y su lentitud, allí donde continuaron funcionando pese a la ocupación, actuaron más bien como un relativo amortiguador de la violencia nazi. Snyder cuestiona pues la tesis que desde Hannah Arendt vincula el Holocausto al funcionamiento del Estado moderno y su burocracia tecnócrata y deshumanizada. Según el autor, el exterminio de los judíos fue posible por la completa obliteración del Estado en amplios territorios del Este; unas sociedades que habían sufrido la brutal ocupación de los bolcheviques y se encontraban ya muy débiles y desestructuradas incluso antes de que irrumpieran los nazis.

    4. Tampoco, según Snyder, el Holocausto siguió una programación centralizada y previa. Se diseñó sobre la marcha y en él tuvieron tanto peso las oportunidades como la planificación; cuando, en enero de 1942, se celebró la Conferencia de Wansee y se adoptó la “Solución final”, la tarea estaba ya muy avanzada, la metodología y las pautas de trabajo estaban probadas y bien definidas. La decisión de construir Auschwitz viene a confirmar que, si Hitler necesitaba una maquinaria de muerte, esta debía situarla en un no-estado, la zona polaca del “Gobierno General”, para acometer allí lo que no era posible llevar a cabo ni en la propia Alemania ni en los países ocupados que aun conservaban la legalidad y las instituciones.

    5. Aun cuando el antisemitismo estaba muy extendido en los países del Este, no todo en el papel de los colaboradores se explica por el odio racial. En páginas que parecen extractos del Leviatán de Hobbes, el autor analiza los intentos de reacomodo político por parte de las poblaciones locales tras la ocupación alemana. Las matanzas masivas del año 41 no pueden explicarse sin la participación de grupos sobretodo lituanos y ucranianos que se unieron a los nazis y se mostraron fatalmente diligentes a la hora de capturar y asesinar judíos. Muchos de ellos habían sido policías y funcionarios de la NKVD soviética; mostrarse agresivos e implacables con los judíos era una manera inequívoca de lavar su pasado y ganarse la confianza de los alemanes; algo que, además, les permitía obtener beneficios materiales ocupando las posesiones de las víctimas. En el antisemitismo de polacos, lituanos y ucranianos había pues una mezcla de oportunismo y odio, real o fingido, al “judeobolchevismo”  que los nazis supieron azuzar y canalizar con eficacia.

    6. Cuando al final de libro, Snyder se pregunta por las posibilidades de que un Holocausto pudiera volver a suceder, nos dice que no hay que temer tanto a la extensión sin límites del poder de los Estados ni que estos se doten de una capacidad tecnológica cada vez mayor, sino más bien a lo contrario: los asesinatos en masa sólo pueden tener lugar en un contexto en el que el Estado se desmorona; en ausencia del Estado, cualquier grupo decidido a asesinar a un gran número de personas, si cuenta con los medios necesarios, terminará por hacerlo. Y la mirada se dirige a Siria e Irak.


  2.  
Pero al final del libro, el autor, queriendo dar una vuelta de tuerca más, concluye sintetizando los delirios racistas de Hitler en una especie de “pánico ecológico”: en la motivación básica del violento expansionismo nazi, estaría el objetivo de aumentar “espacio vital” para el pueblo alemán y así garantizar su sustento material en el futuro. A continuación se pregunta por la posibilidad de que en la actualidad pudieran producirse nuevos conflictos motivados por esta “angustia” ecológica. Respecto a cómo se han ido desarrollando las tesis del libro hasta aquí, este salto de lo histórico a lo ecológico no parece ni muy necesario ni del todo convincente. Una suerte de “neo-malthusianismo gore” que como conclusión resulta difícil de seguir.

 

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