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El Diluvio de Adam Tooze

La Gran Guerra y la reconstrucción del orden mundial 1916-1931

30.03.2016
En la Navidad de 1915, uno de los personajes clave de esta historia, el entonces Ministro de Armamento David Lloyd George trataba de convencer a los sindicalistas de Glasgow sobre la imperiosa necesidad de reclutar más y más hombres diciendo que la guerra estaba reconstruyendo el mundo, como un “diluvio, una convulsión de la naturaleza que trae cambios inauditos… un terremoto que  está provocando que se tambaleen los mismísimos pilares de la vida europea”. En el segundo año de guerra, Lloyd George era consciente de que se estaban produciendo cambios cruciales en el equilibrio de fuerzas entre las grandes potencias; antes incluso del estallido de la Revolución de Octubre y del fin del imperios de los zares, antes del desmoronamiento final de los imperios Austro-Húngaro y Otomano y del fin de la dinastía de los Hohenzollern, podía ya apreciarse el avance de una transformación fundamental que trastocaría el orden mundial, de entonces hasta nuestros días: la emergencia de Estados Unidos como gran superpotencia. Una supremacía que se hizo evidente en primer lugar y sobre todo en lo económico y que sólo más tarde se transformaría en supremacía política y militar. En 1916, mientras el gobierno americano reiteraba su neutralidad, los británicos tuvieron que acudir a J.P. Morgan para financiar la batalla del Somme; los franceses tuvieron que llamar a la puerta de Wall Street para sufragar los costes de Verdún; los británicos avalaron ante los banqueros americanos los préstamos de Italia y otros países más débiles. Al final de la guerra, el gobierno británico debía a los contribuyentes americanos más de 8.000 millones de dólares y sólo en intereses debía pagar el equivalente a su presupuesto de educación.
El Diluvio es un examen de los años de la irrupción americana en el centro del poder mundial: mientras las potencias europeas se destruían mutuamente con una brutalidad nunca vista, la industria y la banca americana no cesaban de crecer y expandirse; en 1916, el PIB norteamericano superó por primera vez al del Imperio Británico. En 1918, más que sus tropas, fueron los inmensos recursos económicos americanos los que finalmente hicieron inclinar el desenlace de la guerra a favor de la Entente. Pero este no es este un libro de síntesis sino más bien de tesis: Tooze no se ha propuesto ofrecernos una reconstrucción de los hechos cruciales del período, sino más bien analizar desde una perspectiva tanto política como económica un entramado denso de acontecimientos a escala global, postulando hipótesis que contradicen muchas de las verdades sobre los años veinte comúnmente aceptadas.
                Si el final de la guerra brindó la oportunidad de construir una paz basada en los principios liberales y democráticos, en torno la Liga de las Naciones como herramienta para la resolución no violenta de los posibles conflictos en los años venideros, esta esperanza se vio truncada por las opciones estratégicas de los americanos: más que frenar a los alemanes en un futuro, a Woodrow Wilson y al Congreso lo que en realidad les preocupaba era doblegar a los británicos y japoneses, despejar así el camino para el dominio del mundo. En este relato, es Wilson quien sale peor parado: tuvo en sus manos una oportunidad única para reconstruir el mundo sobre principios democráticos; no obstante, indeciso e ignorante, detrás de su propuesta de “paz sin victoria” y de sus famosos “catorce puntos”, en realidad se ocultaban unas ideas profundamente conservadoras, abiertamente racistas, cuyo único objetivo era asegurar la supremacía americana. 
                Confiados en la acción benéfica y estabilizadora de la economía liberal, los americanos parecían no darse cuenta de los efectos de su propio poder, no lograban reconocer lo que su nueva posición les exigía. Según Tooze, ni el Tratado de Versalles ni la ocupación del Ruhr fueron acciones vindicativas desproporcionadas por parte de Francia; negándose los americanos a cualquier moratoria en el pago de la deuda, la situación financiera gala era tan desesperada, con su industria arrasada por completo, que para hacer frente a sus compromisos financieros necesitaba imperiosamente los pagos alemanes y el carbón renano. De la misma manera, una acción más decidida de los americanos en Europa habría permitido aliviar la situación de la República de Weimar e incluso potenciar una alternativa que hiciese frente al endeble y desesperado poder de los bolcheviques. Finalmente, cuando después del crack del 29 los americanos optaron por recluirse para curar las heridas, los rabiosos actores que emergían – Mussolini y Hitler- creyeron ver una oportunidad para desafiarles y hacerles frente: así, la crisis de la década siguiente se resolvería de una manera aún más brutal y trágica.
                Un libro que no solo invita a reconsiderar lugares comunes sobre los años veinte, sino que nos muestra inquietantes paralelismos con el presente; nos sugiere que la globalización tiene muy poco de fenómeno reciente, pero sobre todo nos demuestra que en política internacional, en el gobierno de la paz y la guerra entre las naciones, las ideas, cuanto más simples y sin matices, más peligrosas son y más debemos temer por sus consecuencias.          
 
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