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Jed Rasula

Dadá. El cambio radical del siglo XX

06.05.2016
Se cumplen cien años de uno de los movimientos más desconocidos por el gran público. Un centenario ausente de grandes muestras en torno al dadaísmo, que más que un movimiento fue una actitud que reclamaba la unión de la vida y el arte. La última gran muestra se celebró en el Centro Georges Pompidou en el otoño del año 2005. Al siguiente año y por partida doble viajaría a la otra orilla del Atlántico, en el Moma de Nueva York y la National Gallery de Washington. Una exposición «imposible», como la hubiera denominado Max Ernst, que intentó recoger y aunar una actitud en más de un millar de obras de más de 50 artistas, repartidas en pequeñas salas en forma de tablero de ajedrez en una superficie de más de 2.200 metros cuadrados. Fue la gran muestra del año, ya no sólo por la complejidad de reunir este universo a través de pinturas, esculturas, audios, fotos, revistas, panfletos, pósters, documentos, películas, collages, assemblages, sino por rememorar esa energía espontánea y caótica que recorrían las veladas dadá y que fueron su principal aportación. Muestra de esa diversidad es el cuidadoso catálogo de la muestra de París, que a modo de páginas amarillas nos acercaba a cada una de las aportaciones de esos artistas —muchos de ellos desconocidos y anónimos— a lo largo de más de mil páginas.

El origen de dadá y su denominación es una confusión de historias al más estilo dadaísta. Las historias de los mismos dadaístas difieren tanto unas de otras que es imposible señalar una que sea la correcta. La más popular es la que hace referencia a Tristan Tzara, que encontró la palabra dadá el 8 de febrero de 1916 en un diccionario que puso encima de su escritorio; queriendo buscar una palabra abrió el diccionario al azar y buscó la más rara y desconocida. Así encontró dadá, que significa ‘caballo de madera’ en francés, y a su vez también ‘nodriza’ y ‘papá’ en inglés, ‘cubo’ y ‘madre’ en cierta comarca de Italia, es doble afirmación en ruso y en rumano, etc. 

La palabra dadá no tenía importancia, lo que les importaba era el espíritu del sinsentido de su significado. Richard Huelsenbecq, uno de los participantes y posteriormente fundadores de Dada Berlin, lo definió así, «...el dadaísmo no ha sido inventado por un hombre, nadie lo ha imaginado, propuesto o lanzado, nació como expresión de la enemistad contra la guerra y los gobiernos, como miedo y necesidad de hobbies del espíritu, como cinismo radical, como resignación, rabia y radicalización de sí mismo y náusea. El dadaísmo fue una corriente artística que se reía de las corrientes artísticas, a través de la sinceridad incondicional». Pero realmente iba más allá. Dadá reclamaba un espacio de rebelión, negación y destrucción de las convenciones sociales, políticas, literarias y artísticas, el sistema en general.

Dadá inicia su andadura el 5 de febrero de 1916 en el barrio más pobre de Zúrich, en una antigua cervecería llamada Cabaret Voltaire. Su principal artífice fue el poeta Hugo Ball y su compañera sentimental, Emmy Hennings, a los cuales se unió rápidamente el verdadero motor del movimiento, Tristan Tzara. Allí tiene lugar la primera velada dadá. Se da a conocer entre extranjeros enemigos de diversas naciones en guerra que se unen para un trabajo del espíritu. Las veladas se llenan de lecturas espontáneas, recitales de música en tres idiomas al unísono, grotescas manifestaciones en contra del artista burgués y su arte y excéntricas representaciones hacia la política. 

Las polémicas veladas fueron el principal medio de difusión de las ideas del movimiento, que se apoyó en diversas publicaciones a modo de panfletos y revistas que se extendieron como un virus dando lugar a los grupos dadaístas de París, Hannover, Colonia, Berlín y Nueva York. El movimiento dadá fue efímero, su vida se desarrolló entre 1916 y 1924. 
El centenario nos invita a la lectura de tres magníficas publicaciones que conmemoran el modus vivendi dadá: Jed Rasula nos invita en Dadá. El cambio radical del siglo XX a un recorrido histórico cuidadosamente documentado a través de los acontecimientos desde los albores del Cabaret Voltaire y sus diversas ramificaciones en las ciudades de Paris, Berlín, Hannover, Cologne y Nueva York; y José Antonio Sarmiento nos acerca en Cabaret Voltaire a la historia de los inicios del movimiento a través de sus participantes y nos ofrece en 168 dardos dadá un recopilatorio de pequeñas anotaciones de diferentes autores que participaron en las publicaciones dadá.

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