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Simon Sebag Montefiore

Los Románov (1613-1918)

24.11.2016
Ser zar no era tarea sencilla. «Nada podía preparar a un hombre para la autocracia. Excepto vivirla», observa Simon Sebag Montefiore en cierto momento de este recorrido por los trescientos años de historia de la familia Románov. 
El relato se abre y se cierra con dos adolescentes como protagonistas: por un lado Miguel, de dieciséis años, medio lisiado y único superviviente de su familia, destruida por la violencia de la Época de las Turbulencias, designado contra su voluntad nuevo zar y soberano de toda Rusia en 1613, en un momento de total desolación y ruina; por otro, Alexéi, de trece años, único hijo varón del último zar Nicolas II, enfermo de hemofilia, fusilado por los bolcheviques junto a sus padres y hermanas, en julio de 1918, en medio de una feroz guerra civil. Entre uno y otro extremo desfilan varias generaciones de zares, zarinas, grandes duques, princesas, mariscales, cortesanas, místicos y nihilistas. Algunos son geniales y brillantes, los hay obcecados, patéticos y algo estúpidos, otros son grotescos o solo destacan por su monstruosa crueldad; todos ellos, siempre extremos y desaforados. 

Hay episodios que no tienen desperdicio. Están las figuras heroicas: Pedro el Grande, que siendo adolescente construyó un parque para simular batallas con fuego real, y ya adulto se dedicó con el mismo ahínco a las guerras y las juergas más estrafalarias, invencible tanto en unas como en otras; innovador y al mismo tiempo brutal e imprevisible, se convirtió en modelo, siempre recordado por sus sucesores, por sus éxitos guerreros, pero también porque torturó a su propio hijo hasta matarlo. La sensual Isabel, la «Venus de Rusia», dedicada a coleccionar amantes jóvenes, alhajas exóticas y suntuosas telas; solía legislar sobre el peinado de las cortesanas o el color de sus trajes de noche. La brillante Catalina la Grande, amiga de Voltaire y Diderot, inteligente, culta, ambiciosa y astuta; lujuriosa y desinhibida, también ella supo convertir sus amoríos con el príncipe Potemkin en una fructífera empresa política. La transformación de Alejandro I, que después de un comienzo más bien timorato logró derrotar a Napoleón y su prestigio alcanzó la cima entre los poderosos de Europa. La pasión de Alejandro II por su amante, el fracaso de sus reformas, que no lograron impedir los primeros estallidos de la revuelta. Las limitaciones de los últimos zares, Alejandro III y Nicolás II, reaccionarios y antisemitas furibundos, incapaces de comprender cuán insostenible era su posición, abocados a una patética decadencia. [Los personajes secundarios van conformando, en este libro, una historia paralela; las notas a pie de página sirven al autor para marcar su entrada o salida de una manera brillante].

En este relato, de forma continua, las farsas suceden a las tragedias y a la inversa. El hilo conductor es la lucha por el poder en una doble vertiente: por un lado, la vida densa de la corte, al mismo tiempo como teatro para episodios burlescos y estrafalarios, como alcoba siempre dispuesta para el alcohol y el sexo sin freno, como campo de batalla para las conjuras, la intriga y la traición; por otro, el ejercicio de la tiranía y la crueldad, manifestaciones necesarias e inequívocas de la posición única del zar. En opinión del autor, solo la historia de los césares romanos puede compararse con el papel y la personalidad de los zares, por su singular mezcla de trascendencia histórica y distorsión individual; ambas historias evidencian hasta qué punto el poder absoluto corrompe de manera absoluta. 

La autocracia, el poder sin límites ni reglas, se basaba en el principio de que solo si la autoridad se concentraba en un único hombre, todopoderoso por la gracia de Dios, podría lograrse que este irradiara la majestad suficiente para dirigir los designios de un imperio tan basto y complejo, para dominar las fuerzas disgregadoras que disputaban en su interior, para personificar la misión suprema del cristianismo ortodoxo y para consagrar el destino de la nación rusa en el mundo. No sorprende que, desde muy pronto, tamaña responsabilidad dejara una huella perturbadora en quienes estaban llamados a ejercerla. 

Antes de comenzar su lectura, esta crónica de poder y locura puede parecer temeraria; no es una historia social ni política, no al uso académico, y por ello podría despertar sospechas; como se centra en personajes extraordinarios y no elude los rumores y los detalles lascivos y sensacionalistas, uno podría tildarla de frívola, reprocharle, como a Suetonio, que se pierde en minucias. No obstante, en cuanto comienza la crónica, los hechos se suceden de manera ágil y trepidante, los grandes acontecimientos no ocultan las tragedias domésticas sino que se sitúan en segundo plano como perfecto contrapunto, los personajes son dibujados con todos sus matices y contradicciones, y no faltan los momentos hilarantes. En suma, el lector disfruta a lo grande. 

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